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viernes, 7 de noviembre de 2008

Tertulianos habituales

(Fotógrafo: Saul Leiter)

Entre los tertulianos habituales se encuentran Celestino/MAI, Suave, Merver, Antonio The One, Laninia, Uñitas, Lola, Scarlett, Regina Exlibris, Iok, Venecia, Ricardo Fernández, Rubén G.Bastida, el Chef Damunt, Valeria, Dorronsoro y MAJ, Pachi Larrosa, Mauro Entrialgo y Bruno, Douglas Halfempty, Marcelo Figueras, Rubén Buendía, Alejandro Gándara, Calderón de la Huerta, Arsenio Escolar, Marcos Taracido, Juan Ignacio de Ibarra, Robert Bassler, Agustín Rivera, Európides, Juan Cruz, la Signorina Effe, y todo aquel que está enlazado como favorito en ESCRITOS A DIARIO. Armstrongfl ha citado a alguno que nunca ha participado en los comentarios pero que le gustaría tener como tertuliano.

En este blog TIN-Tertulianos en la Isla de los Náufragos- va a haber enlaces de blogs que resulten interesantes o documentos o recortes de prensa o nos atraigan por alguna razón.

2 comentarios:

Antonio I dijo...

Boss, por fin he podido entrar en su castillo, esta rodeado de erizos y un que estaba tan comodo en la Isla, ha tenido que ponerse zancos.
Saludos

calderon de la huerta dijo...

Distinguido Don Antonio I:
Gracias anticipadas por el saludo; es recíproco. Como también es mutua nuestra afición por los libros. Permítame robarle unos minutos para contarle una breve anécdota que me ocurrió:
Una vez oí decir al desaparecido y gran tenor canario, Alfredo Kraus, a su regreso de Rusia, que los soviéticos sobrevivían gracias a la cultura; y yo me quedé a cuadros, porque no sé cómo se puede matar el hambre y la miseria con cultura. Ni que comieran libros, pensé.
Pero por motivos profesionales me dirigí a Moscú, y una vez en Moscú convencí al amigo que me acompañaba, largarnos a Siberia. Desde niño me impresionó la película Dr. Zhivago; quería ver esas inmensas estepas congeladas, las ‘dachas’, sus gentes y costumbres.
Nos subimos a un inmenso Tupolev, y tras 5 horas de vuelo llegamos a Krasnoiarsk. Desde el aire solo se veía hielo, y la pista también blanca de hielo, y el gran rio Yeniséi también. Mi amigo y yo, somos pilotos de aeroclub, y cuando vimos desde la ventana la estrecha y corta pista nos acongojamos. Imposible que entre esta mole en esa diminuta pista, pensamos. ¡Qué va! 20 minutos antes de llegar, el piloto cortó gases, y planeando posó el mastodóntico Tupolev con sus casi 400 personas hartas de vodka. Era más peligroso que el avión estallase por un pitillo que por el aterrizaje.
Una vez en suelo siberiano, a 40º bajo cero, me llamo la atención que los conserjes, dependientes, y sobre todo unas mujeres que estaban apostadas en las esquinas, al calor de un anafe y que vendían té caliente, estaban siempre con la misma pose: cabizbajas, como si estuviesen rezando; pero cuando uno se acercaba, inmediatamente levantaban la cabeza. Al poco de observar a unas cuantas, me di cuenta de la situación; tenían la cabeza inclinada porque estaban leyendo un libro deslucido, amarillento y ajado, pero gordo y escondido entre ropas para protegerlo de la intemperie.
Tenía razón el gran tenor; la miseria se combate con la cultura. Quizás, el libro que estaban leyendo, les transportaba a lugares prósperos y florecientes.
Así lo entendí ese día.
Para terminar, distinguido Don Antonio I, esta anécdota se la conté a un amigo a mi regreso, y me dijo: ¡que gilipollas!, Dr. Zhivago se rodó en Soria.

Un saludo.
C. de la H.